martes, 11 de diciembre de 2007

La larga historia del Narcotráfico gubernamental norteamericano.


La historia del Triángulo Dorado, donde convergen Tailandia, Laos y Myamar (antes Burma), está detallada en el libro que hizo el profesor de Yale, Alfred McCoy, en 1972, bajo el nombre de The Politics of Heroin in Southeast Asia, cuya tesis es que las operaciones de la CIA contra China fueron las responsables para crear la fuente única más grande de heroína para el mercado de Estados Unidos, donde la agencia no sólo tuvo pleno conocimiento, sino cooperó con ello. La CIA, escribió McCoy, usó al Kuomintang de Chiang Kai-shek (que huyó a Taiwán tras perder la guerra civil con Mao Tse Tung) para operaciones contra China en los años cincuenta desde bases de operaciones en Myamar, donde adicionalmente a sus intentos de desestabilización, organizó la producción de opio, y su vínculo en Tailandia era el general Phao, comandante de la policía de ese país quien, a la vez, trabajaba para la CIA, como se reveló, , en los Papeles del Pentágono, que publicó casi en su integridad The New York Times en 1971, y que fueron registrados también por otros nueve periódicos en Estados Unidos, su país.


Sobre el reclutamiento de la tribu laotiana Hmong (conocida también como los Meo), es un asunto tan viejo que fue publicado en un libro desde 1974 por Víctor Marchetti y John D. Marks, The CIA and Cult of Intelligence. Kwitny añade en el suyo que esa tribu tenía como principal fuente de ingreso el dinero obtenido por el cultivo de opio que, añade el periodista, era transportado en aviones de Air America, una línea de aviación de la CIA que utilizó para transportar drogas en Indochina, algunas de las cuales eran vendidas a los propios soldados estadounidenses en Vietnam. A esto se le añaden entrevistas que a lo largo de los años realicé con ex combatientes en Vietnam, uno de los cuales, hoy director de cine que estudió en Hollywood, era el pagador de la CIA para la tribu Hmong y el hombre que compraba artículos de contrabando en Tokio y Hong Kong para los generales que estaban en Vietnam.

El patrón de la política de la droga que los estadounidenses establecieron en Indochina fue replicado en Centroamérica y el Caribe, donde la creciente curva de importaciones de cocaína a Estados Unidos siguió casi exactamente el ritmo de flujo de armas de Estados Unidos y de asesores militares a Centroamérica. Esto, tampoco es resultado de mi mente peregrina, sino que fue escrito por John Dinges en 1991, en su libro Our man in Panama: The Shrewd Rise and Brutal Fall of Manuel Noriega. Se ha documentado ampliamente en la prensa mundial a lo largo de los años, y se ha reconocido oficialmente, que Noriega sirvió a los intereses de los servicios de inteligencia del Pentágono y de la CIA, y que sus contactos con el narcotráfico se daban con Pablo Escobar, quien era el jefe del cártel de Medellín. La relación de los generales hondureños con el narcotráfico la documentamos, a mediados de la década de los ochenta, James LeMoyne en The New York Times y quien esto escribe en Excélsior, por lo cual aparecieron durante un buen tiempo nuestros nombres en una lista negra por si intentábamos ingresar nuevamente al país. Los generales tenían en ese entonces a un líder, su jefe castrense Gustavo Álvarez, quien discutía regularmente con la CIA y el entonces embajador estadounidense en Tegucigalpa, John D. Negroponte, la operación de los contras, de acuerdo, con el informe de la Comisión Tower sobre el caso del Irán-Contras, y el libro Chronology, donde The National Security Archives, la organización independiente con sede en Washington, detalló escrupulosamente en 1997 la cronología, precisamente, de aquel episodio. Seguramente pocos recuerdan, pero por esas épocas vivía en Honduras, protegido por los militares, Juan Ramón Matta Ballesteros, quien había estado relacionado con el narcotraficante Alberto Sicilia Falcón, que se fugó de Lecumberri a principios de los años setenta, y que después se vinculó tanto a los cárteles colombianos como a la vieja y gran organización del crimen organizado que encabezaba Miguel Ángel Félix Gallardo.

Por otra parte, los ejércitos de Guatemala y Haití, que recibieron apoyo clandestino de la CIA, estuvieron involucrados en el tráfico de drogas desde Florida, donde el dinero era lavado, como sucedió en el caso Irán-Contras para financiar a los contras (como a los mujadehin en Afganistán), por el Bank of Commerce and Credit International, según ha señalado Michel Chossudovsky, quien era profesor de Economía en la Universidad de Ottawa y que entre otros libros escribió The Globalization of Poverty, Impacts of IMF and World Bank Reforms en 1997, y como se puede documentar también en un informe especial de la revista Time en 1991. Contras y mujadehines eran “luchadores por la libertad” apoyados por la CIA, como también lo hizo con el Ejército de Liberación Nacional de Kosovo. Tampoco esto es producto de la imaginación. 

Hay varias revelaciones importantes al respecto, como el análisis de inteligencia de John Whitley, que apoyaba clandestinamente a los rebeldes kosovares, quien explicó que ese respaldo fue construido por la CIA (que los entrenó y equipó) y la Bundesnachrichtendienst, o el BND, como se conoce al servicio de inteligencia alemán, quien previamente ya había ayudado a colocar en el poder en Croacia a Franjo Tudjman, según el quincenario bostoniano Phoenix, en el artículo “Truth in Media” en 1999, o en el libro de Michel Collon, Poker Menteur, en 1997. La relación de los rebeldes kosovares con las organizaciones criminales europeas y su participación en el narcotráfico y lavado de dinero, puede ser consultado en el reportaje de Roger Boyes y Eske Wrigth en el Times de Londres en marzo de 1999, intitulado “Drugs, Money Linked to the Kosovo Rebels”, y si no es suficiente, se pueden leer los despachos de la agencia griega de noticias ANA del 28 de enero de 1997, o la información en Turkish Daily News del 29 de enero del mismo año.

La historia de los servicios de inteligencia estadunidenses en relación con las drogas es un asunto, inclusive, más viejo. La Marina, por ejemplo, desarrolló en México, como en otros países y en colaboración con la CIA, dos programas, “Chatter” y “Artichoke”, para experimentar con drogas en seres humanos. En México, de acuerdo con los documentos desclasificados de la CIA que, publicó quien esto escribe a finales de la década de los setenta en Unomásuno, habían participado varios prominentes intelectuales mexicanos. Y cuando la Marina no tenía con quiénes probar las drogas, la CIA le puso conejillos de indias en Alemania, en un programa secreto que llamó “Castigate”, como lo revela John D. Marks en su importante libro The Search for the Manchurian Candidate, publicado en 1979. Más aún, investigaron en los años cincuenta el trabajo de María Sabina en la sierra de Oaxaca para poder estudiar los efectos de las drogas en el control mental. La CIA se sumó al esfuerzo con el llamado “Subproyecto 58″, dentro del programa “MKULTRA”, para el control de la mente por medio de las drogas.

El Zoo de la Inteligencia Francesa: el Gran Narcotraficante antes que la CIA

Tratar de encontrar le sentido a las actividades de la inteligencia francesa es como tratar de encontrar la salida de un laberinto sabiendo que no hay. En total, hay cuatro agencias de inteligencia, en varias ocasiones han trabajado juntas, otras por separado y, siempre, en una atmósfera de intriga y escándalos.
Las cuatro son:

  1. la agencia de espionaje exterior: Service de Documentation Extérieure et de Contre-Espionnage (SDECE);
  2. la agencia de seguridad interna: Direction de la Surveillance du Territoire (DST);
  3. el servicio de inteligencia de la policía: Renseignements Generaux (RG)
  4. y la parapolicía gaullista: Service d'Action Civique (SAC).

Charles de Gaulle reinó en la Edad de Oro del espionaje francés. El presidente estaba enamorado de las capas y las dagas y no podía protegerse suficientemente tanto de los peligros de la izquierda como de los da la derecha… incluyendo a aquellos responsables de la seguridad. Aunque él decidía la política a seguir, no metió las manos en las actividades de los servicios de inteligencia, dejando que las tuercas y los tornillos los apretaran sus seguidores leales.

Las normas fueron escritas durante la segunda guerra mundial, cuando de Gaulle y sus seguidores se alojaban en la casa que tenía en Londres la Francia libre. De Gaulle veía dobles agentes en cualquiera que cruzara el canal sin haberlo anunciado, y no era raro que ejecutara a esos hombres sin mirar a los pequeños detalles de la justicia. Después de la guerra, se exhumaron cuerpos sin identificar en la bodega de la casa de Londres.

EL SDECE surgió poco después de la segunda guerra mundial. Estaba compuesto por siete departamentos que manejaban los análisis de inteligencia: Europa Occidental y Oriental, África, Oriente Medio, Lejano Oriente y América. Además había un grupo de operaciones especiales dentro del SDECE: el Service d´Action du SDECE. No debe ser confundido con el SAC, aunque son difíciles de distinguir por sus acciones.

El SDECE empleaba 2.000 hombres y tenía un presupuesto fijo anual de $25 millones. Otros $50 millones llegaban de los fondos reservados [1]. Su cuartel general está cerca de un gran balneario en el barrio parisino de Les Tourelles. Los franceses lo llaman "la piscine".

En sus treinta años de existencia el SDECE ha tenido seis jefes. De Gaulle fue el primero, el General Grossin lo fue hasta 1962. El General Paul Jacquier fue sustituido con poco más que un apretón de manos después del affaire Ben Barka en 1965. El siguiente, el General Eugene Guibaud, no duró mucho. Fue sustituido en 1970 cuando Georges Pompidou llegó a la presidencia. Pompidou estaba convencido de que elementos del SDECE habían llevado a cabo una campaña de desprestigio para apartarlo de de Gaulle. Eligió al aristocrático y pro americano Alexandre de Marenches para que purgara la agencia de inteligencia.

Una dinastía de oficiales del ejército ha dirigido varios de los departamentos del SDECE. Los nombres más sonados relacionados con asesinatos políticos, secuestros y otros escándalos son: Coronel Rend Bertrand alias Beaumont, Coronel Nicolas Fourcaud, Coronel Marcel Leroy alias Leroy-Finville, Coronel Paul Ferrer alias Fournier y Coronel Marcel Mercier, que encabezó la neofascista "Mano Roja" que fue la responsable de una cascada de asesinatos políticos [2].

La historia del SDECE es un escándalo continuo. Complots para matar, secuestros, narcotráfico y una amplia colaboración con el submundo de la delincuencia han salido a la luz, pero eso sólo es parte de la historia.

Francia nunca ha mostrado inclinación hacia una gestión de gobierno abierta que, por ejemplo, ha provocado audiencias públicas de los crímenes cometidos por la CIA y el FBI en los US. La luz que se ha arrojado en los últimos años se debe a Phillipe Thyraud de Vosjoli, un ex agente del SDECE en Cuba y Washington. Sus libros, Lamia y Le Comite, levantaron furor en Francia. Fue él quien advirtió a los Estados Unidos de la presencia de misiles soviéticos en Cuba cuando estaba destinado allí como agente francés. Fue despedido en 1963.

Según de Vosjoli, cuando gobernaba de Gaulle, existía un comité para matar compuesto por los aliados políticos más próximos al presidente y oficiales de inteligencia. Tramaron acciones extremas contra naciones o individuos que amenazaban la política de de Gaulle. En algún momento la lista llegó a tener hasta treinta nombres que incluía al jefe del estado guineano, Sekou Toure y al de Túnez, Habib Bourgiba. Ambos sobrevivieron. Otros no, aunque sus muertes han sido registradas como accidentes.

Los agentes del SDECE que trabajaban para el comité, según de Vosjoli, fueron responsables del accidente de avión que costó la vida al magnate del petróleo italiano Enrico Mattei. Mattei, entonces hombre fuerte de Italia, estaba a punto de llevar a cabo un plan que perjudicaba los intereses petrolíferos de Francia en Argelia. Un agente francés, cuyo nombre en clave era Laurent, saboteó el avión de Mattei que se estrelló cuando iba de Catania a Roma. William McHale, un reportero de Time Magazine que escribía una serie de artículos sobre Mattei también murió en accidente. Parece que un destino similar aguardaba al periodista Mauro de Mauro que, cuando estaba investigando el caso Mattei en 1970, desapareció sin dejar rastro.

El comité también tenía otros trabajos que no era el asesinato. Cuando un jet ruso de nuevo diseño se averió durante una visita a Francia y tenía que ser enviado a Rusia por tierra, Marcel Leroy del SDECE se encargó del asunto. Estaba encargado de llevar el avión desde el aeropuerto hasta el tren que los soviéticos habían enviado a toda prisa a París. Cuando los guardias rusos, que no sospechaban nada, seguían al camión que trasportaba al jet, un segundo camión idéntico al otro hizo que los rusos lo siguieran hacia la estación de tren, mientras que los agentes franceses entraban en el camión del jet para hacer fotografías. De nuevo el camión del jet sustituyó al otro en un cruce cuando los rusos fueron entorpecidos en un cruce.

Durante una conferencia en Cannes, un agente del SDECE entró en la habitación de hotel de George Ball, ayudante del Secretario de Estado norteamericano y fotografió todos sus documentos mientras que Ball dormía tranquilamente. Igualmente, un agente hurgó en el equipaje del embajador marroquí en Francia. Los ojos se le pusieron como platos cuando abrió una maleta. Dentro sólo había fotos pornográficas, un consolador de marfil y una guía de uso que estaba dirigido a la Señora Oukfir, la esposa de un importante jefe de seguridad marroquí, Mohammed Oufkir.

En su primer libro, Lamia, de Vosjoli también dice que el régimen de de Gaulle durante mucho tiempo ignoró la presencia de espías soviéticos en suelo francés, y quizás les pasó información. De Gaulle, debido al orgullo nacionalista por haber desarrollado Francia la bomba atómica, ignoró los avisos de John F. Kennedy sobre los agentes soviéticos. Estaba cansado de escuchar a Washington. Con Francia a punto de convertirse en una gran potencia otra vez, los Estados Unidos se convertían en su rival principal.

De Gaulle también tenía sus propias ideas sobre cómo hacerse con el control del Tercer Mundo. Una vez Francia fue la potencia colonial más grande en África. Sin embargo, en 1961-1962 de Gaulle dio la autonomía a casi todas las posesiones africanas. Su política de crear una "Commonwelth francesa" era inteligente en principio. Pero el hombre a quien de Gaulle confió sus planes fue el prodigio Jacques Foccart, la eminencia gris gaullista. Las políticas llevadas a cabo por Foccart se parecían poco al diseño de de Gaulle y la Comunidad Francesa de Naciones de reciente creación pronto se rompió por las costuras.

Detrás de Jacques Foccart estaba el núcleo duro de su propia red de espionaje y todo el personal del SAC, que él había ampliado hasta crear una maquinaria que se infiltraba en la sociedad francesa y entre los extranjeros que vivían en Francia [3]. El SAC había aparecido en 1958, el año de la crisis en el que de Gaulle tomó el poder por un golpe de estado. El RPF se convirtió en el partido gaullista oficialmente y el SAC se convirtió en su fuerza de seguridad. Los hombres que fundaron el SAC eran, en su mayoría, aquellos que habían dominado el SO [Servicio de Orden] del RPF: Foccart, Frey, Ponchardier, Sanguinetti, Bozzi, Comiti y Charles Pasqua [4]. Comiti y Charles Lascorz fueron los primeros en dirigir la fuerza parapolicial. Sin embargo, el control último siempre permaneció en manos de Foccart.

La tarea oficial del SAC era proteger a los políticos gaullistas en viajes y encuentros. Sin embargo, al final de su primer años de existencia, 1958, el SAC se había unido a la batalla contra el movimiento revolucionario argelino, el FLN, y ya para entonces, estaba infestado de gansters. En la fase final de la guerra de Argelia, los agentes del SAC, les barbouzes, fueron lanzados contra la organización rebelde Organización del Ejercito Secreto (OAS) cuya resistencia criminal fue ahogada con la misma brutalidad.

Cuando de Gaulle garantizó a Argelia su independencia en 1962, los barbouzes volvieron su cólera contra los enemigos políticos de de Gaulle. Se convirtieron en el instrumento de los trucos más sucios del gaullismo. Asesinato, corrupción, espionaje industrial, fraudes electorales… los agentes del SAC podían con todo.

Foccart destinó sus mejores hombres en el SAC a puestos clave en las comisiones para países en desarrollo y a oficinas que recibían asignaciones de fondos públicos. También los envió para que se infiltraran en regímenes africanos, donde los gobiernos pro franceses, supuestamente, pagaban por entonces enormes comisiones por la asistencia económica de París.

En su momento álgido, el SAC tenía un núcleo de 120 directores en contacto directo con Foccart y unos 20.000 asociados, tres cuartos de ellos eran delincuentes, muchos de ellos narcotraficantes de heroína [5]. (La inteligencia francesa ha sido frecuentemente acusada de haber organizado y de haber sacado beneficio del tráfico de heroína). El SAC era usado dentro del país para intrigar y aplastar los disturbios de la izquierda, como cuando un agente del SAC disparó a una manifestación pacífica en La Mure y abatió a un atleta famoso o cuando un agente del SAC apuñaló a un izquierdista en Drancy [6]. Los agentes del SAC de Foccart están especialmente activos durante campañas electorales. En áreas donde los socialistas y los comunistas ganan elecciones, a menudo, han sido sorprendidos robando y quemando papeletas electorales.

En 1968, el SAC aterrorizó a los estudiantes de la rebelión. La DST pasó a sus colegas del SAC listas de sospechosos de ser enemigos de de Gaulle en Marsella, Lion y Grenoble, como parte de un plan del SAC para detener a los "subversivos" en estadios al igual que sucedió en Chile[7].

Con el tiempo, Jacques Foccart no sólo dirigía el SAC, sino que tenía a muchos de sus mejores hombres asignados en posiciones clave en el SDECE. Aunque muchos agentes del SAC eran agentes del SDECE y viceversa, siempre hubo hombres del SDECE que se oponían a Foccart (aún hoy los hay), y eso siempre ha sido una fuente de intriga. En los tiempos de de Gaulle, tanto el SAC como el SDECE trabajaban contra la CIA, aunque muchos agentes franceses colaboraban bajo cuerda con los americanos. Los elementos criminales estaban disponibles para cualquiera al precio justo.

Con Pompidou y con Giscard d´Estaing, el objetivo era la centralización de los servicios de inteligencia. Los Estados Unidos ya no eran considerados el enemigo número uno y se le ordenó al SDECE cooperar con la CIA. Pompidou despidió a 7.000 ladrones del SAC y aunque Giscard d´Estaing le hubiera gustado eliminar a todo el SAC, no osó legislar contra su desaparición [8].

A los 66 años de edad, Jacques Foccart es considerado uno de los hombres más poderosos de Francia. Después de la muerte de de Gaulle y Pompidou, destruyó miles de documentos, documentos que hubieran puesto remanifiesto los más sucios trucos de los gaullistas. Pero Foccart no ha roto todos los papeles. Supuestamente tiene un dossier de cada político francés y cada alto funcionario desde 1974 que lo puso en situación de poder chantajear a muchos de ellos.

En 1974, Giscard d'Estaing sustituyó a Foccart, como su consejero para asuntos africanos y nombró a Rene Journiac. Foccart se jubiló después de trabajar otros tantos años en un puesto similar con Omar Bongo, el corrupto gobernante de Gabón.

El 6 de febrero de 1980, Journiac murió en un misterioso accidente de aviación en el norte de Camerún.[9]



Referencias y notas de pie

1. J. Hoagland, Politiken, 14 June 1976.pps. 45-50

2. P.T.deVosjoli: Le Comite (Editions de l'Homme, 1975); A. Jaubert: Dossier D ... comme Drogue (Alain Moreau, 1974); N. Fournier and E. Legrand: Dossier E ... comme Espionage (Alain Moreau, 1977).

3. P. Chairoff :Dossier B ... comme Barbouzes (Alain Moreau, 1975).

4. El miembro del UDR, Charles Pasqua, consiguió un escaño en el parlamento y presidió un comité para investigar el problema de la droga en Francia. De 1952 a 1967, tuvo varios altos puestos en la compañía vinatera Ricard Pastis. Cuando el traficante de heroína, Jean Venturi, fue a Montreal en 1962 para crear una nueva red, su contacto era un representante de Ricard Pastis, cuyo inmediato superior parece que era Pasqua — ver The Newsday Staff: The Heroin Trail (Souvenir Books, 1974). 5. Chairoff, op. cit. 6. Jaubert, op. cit. 7. Chairoff, op. cit. 8. Tan tarde como en 1976, el alcalde socialista de Marsella, Gaston Deferre y otros políticos de izquierdas, atacaron en el parlamento diciendo que los gaullistas iban a reconstruir el SAC y que asesinos y ladrones iban a ser reclutados en las cárceles como en 1961. En los últimos años, los gaullistas han perdido terreno, aunque la derecha no gaullista, con los hombres de la OAS al frente, hayan sido tiroteados en una pierna. Muchos matones del SAC están trabajando actualmente para este movimiento.

9. E. Ramaro: "Un Petit Mort Sans Significance," Afirique-Asie, 3 March 1980. For a review of French dirty work in Africa pre- and post-Foccart, see K. Van Meter: "The French Role in Africa", in Dirty Work 2, The CIA in Africa, edited by E. Ray, W. Schaap, K. Van Meter and L. Wolf (Lyle Stuart, 1979).

Mercaderes del Medioevo y Magnates renacentistas

Fuente 

Ya en una fase tan temprana de la alta Edad Media como el siglo sexto, Gregorio de Tours narra que, con motivo de la entrada del rey Gontran en Orleans, acaecida el año 585, el monarca fue aclamado por la muchedumbre "en latín y en la lengua de los sirios". Poco después, en el 591, el rey Clotario concedía la sede episcopal de París a un acaudalado mercader sirio, tras el oportuno desembolso por parte de éste de una importante suma pecuniaria. No obstante, la numerosa presencia de mercaderes y negociantes sirios en la Europa medieval desapareció casi por completo, y por causas escasamente conocidas, hacia principios del siglo IX, momento a partir del cual su lugar sería ocupado por sus principales competidores, los comerciantes judíos.

Durante los cinco siglos siguientes, la trayectoria de los mercaderes israelitas en territorio europeo se verá envuelta en una compleja sucesión de éxitos económicos y de vicisitudes políticas de muy diverso signo. Duramente tratados por varios monarcas visigodos y burgundios, su momento de mayor esplendor e influencia se producirá en la Francia Carolingia, período después del cual sus condiciones fueron empeorando progresivamente hasta desembocar en la expulsión decretada en 1306 por el rey Felipe el Hermoso, que confiscó todas sus propiedades. A partir de aquel suceso habrá que esperar tres siglos para advertir nuevamente la presencia de los empresarios y banqueros judíos en los primeros lugares de la economía europea, coincidiendo con la gran eclosión mercantil y financiera que se produjo a lo largo del siglo XVII en los Países Bajos. Desde entonces, y ya sin interrupción, su auge no haría sino ir en aumento.

Pero el interdicto del trono francés no afectó únicamente a los negociantes hebreos, sino que se hizo extensivo a los otros dos grandes poderes económicos de la época: los Templarios y los mercaderes lombardos, aunque los resultados del golpe fueron distintos en cada caso. Así, mientras que la Orden del Temple, principal potencia financiera por entonces, se precipitó a raíz de aquel evento en un declive irremisible en prácticamente todo el occidente europeo, para los empresarios lombardos el suceso apenas supuso un contratiempo limitado al territorio francés y al reinado del citado monarca. En sus restantes dominios, y muy especialmente en el ámbito mediterráneo, su poderío permanecería inalterable, hasta el punto de poder afirmarse que con ellos se inició la configuración de los elementos que iban a dar paso al capitalismo renacentista y moderno.

No obstante, dentro de la denominación genérica de lombardos debe significarse la existencia de dos grupos claramente diferenciados, tanto por sus actividades mercantiles como por los métodos y procedimientos que caracterizaron a cada uno de ellos. Tales fueron, de un lado, los mercaderes florentinos, y de otro, los grandes empresarios genoveses y venecianos. En cualquier caso, la preponderancia económica alcanzada por todos ellos a partir del siglo XIV se hizo ostensible no solamente en la cuenca mediterránea, sino también en países como Alemania, Francia o Inglaterra, al punto que durante las tres centurias siguientes la denominación de lombardo fue sinónimo en toda Europa de prestamista usurario.

Si fuese preciso citar un nombre paradigmático de la influencia y el poderío alcanzados por los magnates florentinos, éste no podría ser otro que el de la familia Médicis, cuya trayectoria e intereses discurrieron por lo regular íntimamente ligados a los del Estado Vaticano. De hecho, Juan de Médicis, fundador de la dinastía, fue el banquero oficial de los papas Juan XXII y Martín V, siendo su hijo Cosme quien gestionó y administró todos los movimientos de fondos destinados a financiar el Concilio de Basilea de 1431. Pero el momento de máximo esplendor de la familia se iba a alcanzar con un biznieto de Juan de Médicis, Lorenzo el Magnífico, quien tomó parte activa en casi todas las disputas y querellas europeas de su época, aunque el escaso tino que demostró en tales menesteres le acarreó un cúmulo de reveses y enemistades que acabarían provocando el declive político y financiero del clan. Pese a todo, la saga de los Médicis aún sobrevivió durante largos años a su decadencia, como lo demuestra el hecho de que dos de sus miembros se sentaran en el solio pontificio (Clemente VII y León X) y otros dos alcanzaran la dignidad real (Catalina y María de Médicis, ambas reinas de Francia).

Entre las notas que caracterizaron la metodología operativa de los comerciantes florentinos merecen significarse su inclinación por los procedimientos de componenda negociada, ciertamente inusuales en una época más proclive a la confrontación, y la preponderancia que concedieron en sus operaciones comerciales a los aspectos financieros sobre los de índole estrictamente mercantil. Más que comerciantes, pues, fueron traficantes en dinero, es decir, banqueros. De su pericia negociadora, de la que ellos mismos se ufanaban, da buena prueba el hecho de que Florencia fuese el único Estado del occidente europeo que mantuvo por entonces excelentes relaciones con el Imperio Otomano, relaciones en las que el lucro y el beneficio primaron en todo momento sobre cualquier otra consideración.

Por lo que se refiere a las peculiaridades psíquicas propias del sujeto mercantil, eso que en un alarde eufemístico ha dado en calificarse como "virtudes burguesas", bien podría decirse que éstas alcanzaron en los negociantes florentinos su más nítida manifestación. Como será fácil advertir, nos estamos refiriendo a la racionalización a ultranza de la administración económica y, por extensión, de la vida en general, de la austeridad, la diligencia, la economicidad, la laboriosidad, la templanza y demás atributos prototípicos de la mentalidad mercantilista. Atributos que una mistificación secular de muy diverso signo ha venido presentando bajo la forma de otras tantas categorías morales, cuando lo cierto es que nunca tuvieron otra causa o razón de ser que el puro y simple utilitarismo. Y buena muestra de ello nos la ofrece un próspero mercader florentino de la época, Leon Battista Alberti, cuyos escritos constituyen un documento de inapreciable valor para comprender la mentalidad que impregnaba el quehacer de la burguesía emergente del momento. Por otra parte, las reflexiones de dicho personaje, recogidas en un libro titulado "Del Goberno della Famiglia", gozaron ya en su época, y durante mucho tiempo después, de una notable popularidad, y en ellas puede encontrarse un perfecto prontuario del espíritu florentino, en concreto, y de la mentalidad mercantilista en general. De hecho, todos los preceptos y recomendaciones de tales escritos se verían reproducidos casi con exactitud en textos muy posteriores y de muy diversa nacionalidad.

Así, tras pasar revista en su obra a las ya mencionadas cualidades "morales" que deben presidir la vida del buen mercader, el florentino Alberti deja traslucir la razón última de tanta virtud con frases como éstas:"Hijos míos, sed caritativos como lo manda nuestra santa Iglesia, pero preferid el amigo afortunado al desgraciado, y el rico al pobre. El mayor arte de la vida consiste en parecer caritativo y superar al astuto en astucia"; "La honestidad es siempre la mejor maestra de la virtud, la más fiel compañera de las buenas costumbres, la madre de una existencia feliz. Nos es extraordinariamente útil, porque si nos consagramos sin descanso al cultivo de la honestidad seremos ricos y nos ganaremos el elogio y la veneración generales".

Está bien claro, pues, que las tan manidas virtudes burguesas no fueron nunca sino un cúmulo de estereotipos, o lo que es lo mismo, una serie de condicionantes imprescindibles en determinadas circunstancias para la prosperidad y buena marcha de los negocios. Estereotipos, en definitiva, que en modo alguno constituyen los rasgos esenciales y definitorios del capitalismo, que podrá ser austero u ostentoso, pacato o libertino, negociador o brutal, según convenga en cada momento y circunstancia, pero cuya genuina caracterización vendrá siempre marcada por una visión economicista, utilitarista y materialista de la existencia. Es esto último lo que constituye la auténtica esencia de la idiosincrasia burguesa, algo que, en rigor, no podría asimilarse hoy al capitalismo de manera restrictiva, sino, más propiamente, a la mentalidad contemporánea en su totalidad, y ello por la sencilla razón de que los fundamentos esenciales del capitalismo moderno (materialismo, positivismo, economicismo, utilitarismo, etc.) fueron la matriz ideológica en la que se inspiraron las doctrinas supuestamente antagónicas surgidas con posterioridad.

Todo apunta, por tanto, al siglo XIV como el punto de partida de la mentalidad mercantilista moderna, y no sólo por la forma en que ésta se iba plasmar en los agiotistas florentinos y en otros traficantes coetáneos suyos, sino también por el clima de apego desmedido a los bienes materiales que por entonces comenzó a generalizarse, y del que dan buena cuenta numerosos testimonios de la época. Precisamente, uno de los sectores donde con mayor virulencia se manifestó ese "lucri rabies" del que hablan las crónicas fue el eclesial. El propio Alberti, nada sospechoso de tendenciosidad al respecto, señalaría más de una vez en sus escritos que la codicia y el afán de lucro desmedido eran rasgos sumamente extendidos entre los clérigos de su tiempo. Del papa Juan XXII escribió el comerciante florentino en estos términos:"Tenía defectos y, sobre todo, aquél que, como es sabido, es común a casi todos los clérigos: era codicioso en grado sumo".

Pero el mal, restringido en un principio a determinados círculos sociales (la putrefacción comienza siempre por arriba), no tardaría en extenderse al resto de la población, muy especialmente en los países de mayor desarrollo mercantil de la Europa occidental (Italia, Alemania, Francia). Así habrían de reflejarlo fuentes tan heterogéneas como los cantares del Carmina Burana, la "Descripción de Florencia" de Dante, o los escritos posteriores de Erasmo de Rotterdam, en uno de los cuales se lamenta de que "todo el mundo obedece al dinero", una descripción de su época que a buen seguro le habría parecido exagerada de haber conocida la sociedad de consumo actual.

Con todo, el acontecimiento más significativo de la mentalidad económica surgida en la época renacentista no sería tanto el auge del mercantilismo como la irrupción del préstamo pecuniario a modo de herramienta comercial de primera magnitud. Una práctica hasta entonces secundaria y casi restringida al círculo de los agiotistas judíos, y que a partir del siglo XIV comenzó a convertirse en un instrumento fundamental del nuevo sistema económico. Iniciaba así su andadura el capitalismo financiero, que no representa sino un eslabón superior, un salto cualitativo respecto del capitalismo meramente mercantil, y cuyas funestas consecuencias habrían de hacerse bien patentes con el transcurso del tiempo. Dado que en el marco implantado por el capitalismo financiero queda eliminada toda noción de corporeidad, el acto económico se convierte en algo de naturaleza puramente abstracta, posibilitándose con ello el lucro a costa del trabajo de terceros y, lo que es peor, el dominio absoluto de toda la realidad económica, política y social. Añádase a esto el hecho de que el sistema monetario está desde hace tiempo en manos de las grandes entidades financieras, lo que les confiere a éstas la potestad no ya de traficar con el dinero ajeno, sino incluso de crearlo de la nada, consolidando de esta forma su dominio a partir de una entelequia irreal. Una circunstancia que Frederick Soddy, nobel de Economía en 1921, calificaría certeramente con estas palabras: "el rasgo más siniestro y antisocial del dinero escriptural es que no tiene existencia real".

Finalmente, no podrá cerrarse este epígrafe sin poner de manifiesto las notables diferencias existentes entre el concepto de "libre mercado", tal y como era entendido éste en la época renacentista, y el que sostiene la ideología actual, diferencias debidas, naturalmente, a la inexorable dinámica expansiva propia de la economía capitalista. En efecto, la libre actividad comercial de entonces, contrariamente al modelo actual, estuvo sometida en sus inicios a una serie de restricciones elementales absolutamente impensables hoy. De hecho, en los albores del capitalismo la competencia mercantil no constituía un principio supremo al que pudiera apelarse para traspasar ciertos límites considerados entonces infranqueables. Límites entre los que figuraban el abaratamiento intencionado de precios para arruinar al competidor, o la propaganda destinada tanto a sobrestimar los propios productos como a menospreciar los de cualquier otro comerciante. No hará falta comentar que en la época actual, en que el principio del lucro y del beneficio prevalece sobre cualquier otra consideración, aquellos antiguos escrúpulos, por elementales que pudieran parecer, serían considerados irrisorios. Lo mismo podría decirse de la austeridad y el recato postulados por los doctrinarios del capitalismo temprano, conceptos que por entonces no limitaban su aplicación a la administración de los negocios, sino que se hacían extensivos a la propia vida privada, y ello por las razones de utilidad ya comentadas. Es evidente que, con el transcurso del tiempo, aquel afán economizador en la gestión comercial no sólo se ha mantenido, sino que, en virtud de uno de los principios esenciales del mercantilismo contemporáneo (la reducción de costes), se ha acentuado progresivamente. Sin embargo, la vida social y la esfera privada de los grandes magnates económicos hace ya largo tiempo que no participan de los esquemas arcaicos, constituyendo, por el contrario, un verdadero alarde de lujo y ostentación. Lo que pone de manifiesto una vez más la naturaleza de esos estereotipos aglutinados bajo el tópico de las "virtudes burguesas", meros convencionalismos circunstanciales de los que se prescindió tan pronto como dejaron de ser necesarios.

Así pues, el concepto de libre mercado, tal y como es entendido en el presente, y la idea de una publicidad dirigida a perseguir y asaltar a los potenciales clientes, era algo totalmente extraño a la mentalidad predominante por aquel entonces. En ningún código ideológico o moral de la Europa renacentista tuvieron cabida semejantes conceptos, con la única excepción de la literatura rabínica y, más concretamente, del Talmud. Y aunque este último hecho no carezca de importancia, tampoco constituye la clave que sirva para explicar de manera concluyente la irrupción y el asentamiento del modelo capitalista, como determinados tratadistas (Sombart entre los más notables) han pretendido explicar. Baste decir al respecto que dicho modelo económico debió buena parte de su arraigo a la activa participación de individuos y sectores sociales cuyo acervo cultural e ideológico poco tenían que ver con el judaico. Menos consistente aún es el argumento de la teórica incompatibilidad entre el capitalismo y el código religioso vigente en la Europa renacentista, ya que en tiempos de putrefacción los reglamentos morales no son sino letra muerta, o peor aún, meras herramientas de sórdida instrumentalización.

Todo lo apuntado no impide ser cierto el importante papel desempeñado por la plutocracia judía en la consolidación del capitalismo, al punto que todo intento por describir la evolución y el desarrollo de la sociedad moderna prescindiendo de dicha participación sería tanto como falsificar la Historia, además de suponer un injusto escamoteo de los méritos contraídos por la oligarquía israelita con el sistema vigente y tan unánimemente ensalzado en la actualidad. Por lo demás, no deja de ser paradójico que hayan sido precisamente autores hebreos quienes con más claridad y rigor han escrito sobre este asunto hoy tabú (Bernard Lazare, Marcus Ravage, Artur Koestler, Benjamín Beit, Alfred Lilienthal, etc.). Autores que constituyen la mejor fuente de información al respecto, además de la única a la que los intoxicadores de oficio no podrán aplicar el acostumbrado sambenito del antisemitismo.

Dicho esto, volvamos, pues, al tema apuntado líneas atrás, esto es, al reglamento talmúdico, para significar que, efectivamente, son varios los preceptos de ese código que recogen el principio en virtud del cual la conducta de sus seguidores deberá atenerse a normas distintas según se trate de miembros de su comunidad o de individuos ajenos a ella. A estos últimos, es decir, a los goim (término mediante el que se designa a los no-judíos), es lícito "mentirles y trampearlos". Una concepción que, aplicada al terreno mercantil, alcanzaría uno de sus momentos álgidos en la Polonia del Antiguo Régimen, tal y como lo refleja un apunte sobre el particular tan poco sospechoso de animosidad como el del rabino e historiador Heinrich Graetz, quien describió el proceder de los mercaderes hebreos de aquella época con estas palabras: "Líos y tergiversaciones, artimañas jurídicas, chocarrería y una cerrazón total ante todo lo que se hallase fuera de su horizonte, en eso consistía la esencia y forma de vida de los judíos polacos.....La honradez y la rectitud les eran tan ajenas como la sencillez y la veracidad. Esta cuadrilla asimiló las mañosas enseñanzas de las escuelas superiores (rabínicas) y las utilizaba para engañar a los menos astutos, experimentando con ello una especie de gozo triunfal. Claro es que su argucias difícilmente podían emplearlas contra sus hermanos de religión, que se las sabían todas; pero el mundo no-judío con que trataban sufrió en sus propias carnes la superioridad del ingenio talmúdico del judío polaco....La depravación de los judíos polacos acabó volviéndose contra ellos de manera sangrienta, y tuvo como consecuencia el que la restante judería europea se contagiara durante un tiempo del modo de ser polaco. Con la emigración de los judíos polacos (a raíz de las persecuciones cosacas) se polonizó, por así decirlo, todo el mundo judío".

En cualquier caso, y situándonos en el momento presente, la cuestión principal hoy ya no es tanto la libertad estrictamente mercantil, que incluso podría considerarse como un asunto menor, sino el libertinaje que preside el movimiento del capital transnacional y la impunidad con la que operan los grandes traficantes financieros. Y todo ello al amparo del "libre mercado", una falacia refrendada por todos los foros políticos subordinados a la Alta Finanza mundial, entre los que figura por méritos propios el engendro pergeñado en Maastricht.

En eso, en el dominio absoluto de una reducida oligarquía, consiste el concepto de "libertad" alumbrado por el modelo capitalista, gracias al cual ha podido configurarse una sociedad de siervos alienados y envilecidos por el consumo material.

LOS DOCTRINARIOS DEL IMPERIO BRITANICO

LOS DOCTRINARIOS DEL IMPERIO BRITANICO





Para establecer las bases inmediatas del imperialismo británico, cuyo testigo pasaría con los avatares del siglo XX a sus antiguas colonias de Nueva Inglaterra, es ineludible referirse al papel desempeñado en el mismo por dos figuras de especial significación, John Ruskin y Cecil Rhodes, alrededor de las cuales se iba a tejer una tupida maraña de poderosas entidades en las que pueden detectarse las claves de algunos de los acontecimientos que han configurado el mundo actual.

John Ruskin nació en Londres el año 1819. Hijo de un acaudalado hombre de negocios, cursó estudios en el Christ Church de Oxford, donde muy pronto se pondrían de relieve sus peculiares inclinaciones, en las que entremezclaban la pasión por el arte, las inquietudes de tipo social y la expansión del Imperio Británico, al que Ruskin consideraba el vehículo más idóneo para llevar a cabo la labor mesiánica a que estaban destinadas las "élites" de su país.

Fue a través de su cátedra en la Universidad de Oxford como Ruskin inició una labor de proselitismo y adoctrinamiento que no tardó en depararle numerosos adeptos entre sus alumnos, todos ellos procedentes de las altas esferas sociales británicas. De ese vivero saldrían sus más íntimos colaboradores, como Arnold Toynbee, Henry Birchenough, George Parkin, Philipp Lyttelton y Alfred Milner. Este último personaje, que volveremos a encontrarnos más adelante, sería en 1915 uno de los cuatro integrantes del Gabinete de Guerra británico, organismo desde donde puso en práctica las enseñanzas de su maestro. De ahí que su condición de director de una potente institución financiera, el London Joint Stock Bank (hoy Midland Bank), no le impidiera utilizar su cargo político para brindar una eficaz cobertura al tráfico de armamento realizado durante la revolución rusa por Basil Zaharoff, uno de los principales proveedores del bando bolchevique.

El ideario de Ruskin consistía en el hoy ya consagrado esquema del capitalismo oligárquico y "humanista", y se basaba en la acción conjunta de una élite de tecnócratas y académicos sostenidos y auspiciados por los poderes financieros. Lógicamente, tales planteamientos suscitaron muy pronto el interés de las altas esferas económicas, que no tardaron en promover su divulgación al otro lado del Atlántico. Esa labor corrió a cargo de dos simpatizantes norteamericanos de la doctrina ruskiniana, Walter Vrooman y Charles Beard, quienes, tras entrevistarse con el maestro, fundaron en Estados Unidos el Ruskin College, contando para ello con el soporte financiero y el apoyo social del duque de Norfolk, miembro de la Gran Logia Unida de Inglaterra, de lord Ripon, virrey de la India y maestre de la citada logia, de lord Rosebery, nieto del barón de Rothschild, y del duque de Fife, militante igualmente del Gran Oriente inglés.

El otro gran embajador de la filantropía británica, Cecil Rhodes, nació en 1853, y fue el tercer vástago de la numerosa prole del pastor protestante Francis Rhodes. Su trayectoria ascendente comenzaría poco después de trasladarse a Africa, donde su hermano Herbert administraba una plantación algodonera ubicada en el territorio de Natal. Tras una breve estancia en la plantación, Cecil se dirigió a los campos diamantíferos sudafricanos, montando allí una empresa de extracción en sociedad con un tal Charles Rudd. La buena marcha del negocio le permitió regresar a la metrópoli y graduarse en Oxford, donde entró en contacto con el que habría de convertirse en su mentor ideológico, John Ruskin. El promotor del encuentro entre ambos personajes fue W.Stead, director de una publicación sensacionalista llamada Pall Mall Gacette, que se dedicaba a promover el ideario progresista sobre la base, eso sí, de un proyecto de alcance mundial dirigido por la civilización angloparlante.

Acto seguido, Cecil Rhodes se asoció con otros dos empresarios del negocio diamantífero, Alfred Beit y Barney Barnato, con los que creó una vasta red industrial y comercial que muy pronto se hizo con el control mundial de la producción y venta de diamantes, monopolio que posteriormente pasaría a manos de dos ilustres firmas de la plutocracia internacional, los Rothschild y los Oppenheimer, que a través de la sociedad De Beers Consolidatd Mines Ltd. controlan en la actualidad el 85% del mercado mundial de diamantes.

Los éxitos económicos de Cecil Rhodes corrieron parejos al importante papel que desempeñó durante el conflicto anglo-boer, desencadenado por los poderes financieros británicos, y muy especialmente por la casa Rothschild, para hacerse con el control de las inmensas riquezas del territorio sudafricano. Y es que, como muy bien señalara el rabino y escritor Marcus Eli Ravage, excelente conocedor de los entresijos político-económicos de aquella época, el poder oculto de Cecil Rhodes no era otro que el dinero de los Rothschild.

La concepción ideológica y los pilares doctrinales de nuestro protagonista no eran sino una perfecta prolongación de las tesis de su maestro Ruskin. En lo esencial, se trataba de los mismos planteamientos que han venido reiterándose a todo lo largo del presente siglo por los promotores y teóricos del Gobierno Mundial. El ideario de Rhodes aparece perfilado con diáfana nitidez en varias de las cartas que dirigiera a unos de sus más íntimos confidentes, el ya mencionado W.T. Stead. Una correspondencia en la que pueden leerse frases como éstas:

"Sostengo que somos la primera raza del mundo y que cuanto mayor porción del mismo sea habitado por nosotros, tanto más se beneficiará la humanidad. Imponer nuestro gobierno significará terminar con las guerras";

"Anhelo la unión con América y la paz universal, que supongo podrá ser una realidad dentro de cien años. He pensado, además, en la fundación de una sociedad secreta organizada como la compañía de Loyola y sustentada por la riqueza creciente de aquellos que aspiren a hacer algo".

Bien es cierto que tan conmovedoras inquietudes pacifistas y humanitarias de proyección mundial no incluían entre sus objetivos el poner término a la explotación y a las condiciones infrahumanas en que vivían los trabajadores de las minas sudafricanas controladas por el filántropo británico. Pero comparado con sus elevados planes aquello no pasaba de ser una anécdota insignificante.

El exponente más visible, aunque ni mucho menos el único, de la labor proselitista de Rhodes habrían de ser la Fundación y las Becas Cecil Rhodes, con cuyos fondos han completado su formación innumerables peones de lujo de la plutocracia internacional.

La influencia de estos dos personajes, John Ruskin y Cecil Rhodes, se materializó a lo largo de su época en una serie de entidades surgidas al amparo de su inspiración ideológica y sostenidas por las altas esferas económicas y oligárquicas, como veremos seguidamente. Más tarde, con el declive del Imperio Británico, sus cánones y procedimientos pasarían al otro lado del Atlántico, como también veremos más adelante.

Entre esas instituciones aludidas en primer lugar merecen destacarse dos: la Pilgrims Society y la Round Table. La Pilgrims Society fue presentada oficialmente el 24 de julio de 1902. Su nombre, como será fácil deducir, se adoptó en memoria de los puritanos ingleses que desembarcaron en la costa de Massachussets y fundaron la colonia de New Plymouth en septiembre de 1620. Los promotores de esta sociedad fueron varios miembros del Rhodes Trust, entre los que figuraban Harry Britain, Joseph Wheeler, C. Roll, patrón de la firma Rolls-Royce, y Lindsay Russell. La presidencia de la entidad recayó en lord Roberts, célebre por las matanzas y estragos que perpetrara como plenipotenciario del gobierno británico durante la guerra anglo-boer.

Unos meses más tarde, el 13 de enero de 1903, nacía la rama americana de la Pilgrims Society por iniciativa del anteriormente citado Lindsay Russell, que en 1921 se convertiría en el primer presidente del Council on Foreign Relations (Consejo de Relaciones Exteriores), un organismo privado de corte oligárquico del que han salido los más altos cargos de la Administración norteamericana desde su creación hasta hoy. Debe precisarse que, con anterioridad a la fundación en los Estados Unidos de la Pilgrims Society, ya existía en aquel país la Sociedad de Descendientes del Mayflower, un influyente club que agrupa a la cerrada oligarquía protestante cuyo árbol genealógico se remonta a los puritanos pilgrims. Son las mismas familias que, junto con ciertos clanes de la alta finanza, nos encontraremos más adelante cuando salga a relucir una hermética y poderosa sociedad estadounidense denominada The Order.

Por lo que se refiere a la Round Table, fue fundada en 1909 por lord Milner. A pesar de su carácter cerrado y elitista, este restringido club no era en realidad sino el círculo más visible o exterior de la sociedad secreta Table Mountain, creada en 1891 por Cecil Rhodes y su íntimo colaborador, W.T.Stead, e integrada por un reducido grupo de iniciados entre los que figuraban el citado lord Milner, lord Grey, lord Rotschild, lord Esher, sir Harry Johnston y lord Balfour. Este último sería algún tiempo después Primer Ministro británico (1902-1905) y, posteriormente, ministro de Asuntos Exteriores en el gabinete de LLoyd George (1916-1919).

Para costear los cuantiosos gastos derivados de los proyectos y actividades de la Round Table, lord Milner, que ostentaba simultáneamente el cargo de Gran Vigilante de la Gran Logia Unida de Inglaterra, contó con las aportaciones económicas de dos acaudalados industriales mineros, sir Abe Bayley y Alfred Beit, ex-socios de Cecil Rhodes en el negocio diamantífero sudafricano. Desde la Round Table y la fundación Rhodes, lord Milner influyó decisivamente en las directrices políticas del gabinete presidido por LLoyd George, cuyos asesores fueron todos ellos miembros de dicha sociedad. Como muestra de lo apuntado bastará citar la célebre Declaración Balfour, así como las ayudas brindadas por el Gobierno de Lloyd George a los dirigentes bolcheviques, ya comentadas líneas atrás.

Uno de los objetivos primordiales de la Round Table desde su creación fue extender su radio de acción al resto de los territorios de habla inglesa, cosa que no tardó en conseguir. Al punto que en 1915 contaba ya con delegaciones en seis países, además de la sede inglesa (Estados Unidos, Canadá, Sudáfrica, la India, Australia y Nueva Zelanda). La actividad de los diversos grupos se mantuvo en todo momento coordinada a través de las reuniones periódicas de sus miembros y por medio de un boletín informativo muy completo.

Finalizada la Iª Guerra Mundial, la Round Table entraría en una fase de gran expansión, entre otras razones merced al extraordinario incremento de las aportaciones económicas que comenzaron a lloverle desde un aerópago financiero en el que figuraban los trusts J.P. Morgan, Rockefeller, Carnegie y Lazard Brothers. A través de ese proceso de expansión y penetración social la Round Table han venido ejerciendo desde entonces su poderosa influencia en los círculos académicos, políticos y mediáticos. Entre sus actuales feudos, cuyo dominio comparte con otras sociedades afines del Establishment, figuran los rotativos The International Herald Tribune, The Financial Times, The Wall Street Journal, The Economist, The New York Times y The Washington Post, voceros prototípicos todos ellos del capitalismo progresista y multinacional, y órganos cuyos editoriales y artículos son recogidos en todo el ámbito occidental como si procediesen de un oráculo. Otro de los enclaves dominados por la Round Table es la Universidad de Princeton, donde ha organizado el Instituto de Estudios Avanzados, una entidad entre cuyos más conspicuos y asiduos residentes figura el ideólogo marxista Adam Schaff.

Uno de los mejores conocedores del entramado oligárquico mundial, al que no en vano perteneció durante largo tiempo, sería el historiador Carroll Quigley. Este autor, de obligada referencia en esta materia, fue profesor de historia en la Escuela del Sevicio Exterior de la Universidad de Georgetown, además de profesor invitado en las Universidades de Harvard y Princeton. Fue miembro asimismo de la Asociación Americana de Economía y de la Asociación Americana para el Avance de la Ciencia, becario de la Brookings Institution y colaborador de la Smithsonian Institution, organismos todos ellos adscritos a los círculos del Establishment. Fruto de sus muchos años de estudios e investigaciones en los archivos de dichas entidades, Quigley publicó en 1965 un libro ("Tragedy and Hope") cuya primera y única edición se agotó en pocos días, y no precisamente a manos de sus potenciales lectores. Desde entonces la obra en cuestión no ha conocido nuevas reediciones, por lo que resulta prácticamente inencontrable, habiendo desaparecido incluso de las bibliotecas y establecimientos similares de acceso público. Convendría, pues, retener el nombre de este historiador, a quien se acudirá en más de una ocasión a lo largo de las próximas páginas.

A modo de anticipo, bueno será reproducir uno de los más esclarecedores párrafos que Quigley dedicara en su libro a la Round Table. Párrafo que no tiene desperdicio, y dice así.: "Existe, y ha existido durante una generación, una red anglófila que opera con el objeto de que la derecha radical crea en la acción comunista. De hecho, esta red, que podríamos identificar con los grupos de la Round Table, no tiene aversión a cooperar con los comunistas o con cualquier otro grupo, y así lo hace frecuentemente. Sé de las operaciones de esta red porque las he estudiado durante veinte años, y pude, durante dos años, a principios de 1960, examinar sus papeles y grabaciones secretas. No tengo aversión por ella ni por la mayoría de sus fines, y he estado mucho tiempo de mi vida cerca de ella y de muchos de sus instrumentos. He objetado, tanto en el pasado como recientemente, algunos de sus procedimientos. Pero en general, mi principal diferencia de opinión son sus deseos de permanecer desconocida, y creo que su papel en la historia es suficientemente significativo como para ser conocida".

El rápido repaso efectuado hasta aquí quedaría incompleto sin hacer alusión a la Fabian Society, otra importante entidad íntimamente relacionada con las citadas anteriormente.

El convulso clima reinante en la Inglaterra victoriana, derivado del hecho de ser aquel país la primera potencia industrial de su época, con todo lo que ello suponía de explotación y marginación social, brindó el caldo de cultivo adecuado para el alumbramiento de la Fabian Society. Esta entidad fue así concebida al amparo de las consabidas consignas obreristas y humanitarias por un reducido grupo de "filántropos" perteneciente a los medios acomodados de la burguesía británica y estrechamente vinculados a los círculos de la alta sociedad. Una circunstancia, esta última, nada sorprendente, por cuanto ha venido siendo algo habitual a todo lo largo de los últimos cien años. Entre los mentores y dirigentes de la Fabian Society figuraban Frank Podmore, George Bernard Shaw, Sidney Webb y lord Olivier, a los que se sumó poco después el influyente columnista Graham Wallas. Posteriormente se sucederían las incorporaciones de personajes tan notorios como el economista John Keynes, el filósofo Bertrand Russell, el escritor H.G.Wells y el historiador Arnold Toynbee. También se incorporaron a sus filas algunos dirigentes sindicales, Ben Tiller y Tom Mann entre ellos, así como otras figuras que iremos viendo más adelante.

Pero antes de trazar un sucinto perfil de las actividades de esta sociedad y de sus dirigentes, no estará de más recordar sus orígenes "proletarios", toda vez que la Fabian Society surgió como un grupo escindidode otra organización anterior denominada Hermandad de la Nueva Vida. Entre los quince miembros fundadores de dicha hermandad figuraban , además de Podmore y Bernard Shaw, Edward Pease, agente de bolsa del Hutchinson Trust, Havellok Ellis, psicólogo precursor del sexo libre, Ramsay McDonald, futuro primer ministro, lord Haldane, más tarde ministro de la Guerra, y Hubert Bland, columnista del influyente diario Star. Sin olvidarse de Annie Besant, quien a la muerte de la célebre y fantasmagórica Mme. Blavatsky había asumido el mando de la Sociedad Teosófica, inmersa ya por aquellas fechas en un cisma imparable debido, entre otras razones, al hecho de que muchos de sus militantes europeos empezaban a constatar que la tal sociedad no era fundamentalmente sino un instrumento al servicio del imperialismo británico.

Los quince integrantes de la Hermandad de la Nueva Vida se reunieron en Londres el 24 de octubre de 1883 con el objetivo de impulsar un nuevo proyecto del que después saldría la Fabian Society. Y lo hicieron bajo los auspicios de Thomas Davidson, un profesor escocés afincado en los Estados Unidos, donde había fundado la American Economy Association en compañía de Woodrow Wilson y el financiero Isaac Seligman.

Por lo que se refiere a las vinculaciones existentes entre la Fabian Society y la Round Table, puede decirse que fueron desde un principio manifiestas, y no sólamente por la doble militancia de varios de sus respectivos miembros, sino también por la pertenencia común de muchos de ellos a entidades como la Sociedad de Relaciones Culturales y el Real Instituto de Asuntos Internacionales, desde donde se marcaban al Gobierno británico las directrices a seguir en política exterior; organismos que, por otra parte, estaban patrocinados y sostenidos económicamente por las mismas potencias financieras (Hutchinson Trust, Lazard Brothers, Rothschild, Oppenheimer). Y es que el socialismo fabiano representaba el primer intento sistemático de amalgamar el modelo económico capitalista con las tesis del colectivismo marxista, todo ello, claro está, bajo la sabia y filantrópica dirección de las "élites" angloparlantes. Se trataba, en suma, de una temprana manifestación del proyecto totalitario que, por una u otra vía, se viene acariciando desde hace tiempo.

Naturalmente, la evolución gradual hacia el nuevo modelo de sociedad no se ultimaría en un plazo breve. Como los socialistas fabianos sabían y saben muy bien, ese proceso llevaría algún tiempo, siendo preciso, por tanto, contemporizar con ciertos excesos, necesarios en cualquier caso para la consecución de tan elevado fin. De ahí que, tras unos primeros momentos de rechazo, las más notorias figuras de la Fabian Society manifestasen sus simpatías por el régimen de exterminio implantado en la URSS. Tal fue la actitud, entre otros, del ínclito H.G.Wells, turiferario destacado del régimen bolchevique, y de Sidney Webb, que definió a la Unión Soviética como "una democracia madura" y justificó las purgas estalinistas con el argumento de que "la justicia comunista tendría sus buenos motivos para actuar así". En la misma línea se manifestaría el dramaturgo Bernard Shaw, que aunque no aprobaba las huelgas obreras en su país, como el resto de los burgueses fabianos, sí se mostró comprensivo con el terror bolchevique, al que consideraba "un mal necesario". Sea como fuere, lo cierto es que el renombrado dramaturgo británico, acostumbrado a transitar por los pasillos del Poder, y por tanto buen conocedor de lo que se cocía en ellos, puso en boca de uno de sus personajes literarios, el financiero Undershaft, unas significativas palabras que bien merecen reproducirse aquí. Así le habla el financiero al político en una obra de Shaw titulada "La Comandante Bárbara": "¡El gobierno de tu país! Yo soy el gobierno de tu país, yo y Lazarus. ¿Crees que tú y unos cuantos principiantes como tú sentados en fila en esa institución de estúpido parloteo pueden gobernar a Undershaft y a Lazarus? No, amigo mío, ustedes harán lo que nos convenga. Harán la guerra cuando nos sirva. Comprenderán que el comercio necesita ciertas medidas cuando nosotros hayamos decidido esas medidas. Cuando yo necesite algo que aumente mis ganancias, ustedes descubrirán que mi voluntad es una necesidad nacional, y cuando los demás necesiten algo que disminuya mis ganancias, ustedes llamarán a la policía y al ejército. Como recompensa gozarán del apoyo de mis diarios y de la satisfacción de pensar que son grandes estadistas.......Vuestras multitudes depositan sus votos y se imaginan que de esa forma gobiernan a sus gobernantes. ¡Votar! Cuando usted vota lo único que cambia son los nombres del Gabinete".

Dos de los más activos animadores de la Fabian Society en los inicios de ésta fueron los esposos Webb (Sindney Webb y Beatriz Potter), que, como el resto de los dirigentes de dicha entidad, procedían de los medios acomodados de la burguesía inglesa. Entre las más significativas dotes de este matrimonio fabiano figuraba su encendida verborrea proletaria, lo que les impediría condenar la huelga minera de 1920 y negar toda ayuda a las familias de los huelguistas. Igualmente, sus públicas muestras de simpatía hacia el régimen soviético no entorpecieron en lo más mínimo la buena acogida que en todo momento se les dispensó en los círculos oligárquicos de la alta sociedad británica. Más bien todo lo contrario, pues como muy certeramente señalara el sindicalista americano George Meany, la retórica izquierdista siempre ha gozado de un buen cartel entre amplios sectores de la "mejor" gente. De hecho, Sidney Webb fue distinguido en 1929 con el título de barón Pasfield, y su cuñada, Georgina Potter, entroncó con la élite financiera tras casarse con David Meinertzhagen, presidente de la Banca Lazard londinense. Los Webb constituían, pues, una muestra prototípica de esa burguesía esnob que adopta poses obreristas sin renunciar ni por un momento a sus privilegios de clase y al vacuo tipo de vida característico de su condición social. El conmovedor afán redentor de esas almas sensibles y progresistas se cifra, por tanto, en hacer de los atrasados proletarios unos burguesitos de provecho, trasladándoles a tal efecto todas las taras propias de su decrépita mentalidad, cosa que, como bien prueban los hechos, ya han logrado casi completamente.

Entre las iniciativas del matrimonio Webb destacó la constitución de un Club de "cerebros" cuyo objetivo sería lograr la máxima eficacia en todos los campos, dentro del más puro estilo tecnocrático. Esa agrupación de "superdotados", bautizada por Beatriz Webb con el nombre de Los Coeficientes, fue tratada por H.G. Wells en uno de sus escritos, "Experiment in Autobiography", donde le dedicaría todo un capítulo cuyo elocuente título (La idea de un mundo planificado) ahorra cualquier comentario.

En 1894 el trust de Henry Hutchinson, en el que Sidney Webb ocupaba un alto cargo, concedió a la Fabian Society diez mil libras para propaganda y demás actividades. Con este dinero y los cuantiosos fondos aportados por la casa Rothschild, los máximos dirigentes de la Fabian Society (Webb, Wallas, Shaw) crearon la London School of Economics and Political Science (Escuela de Economía y Ciencia Política de Londres), cuyo cometido sería formar a los futuros arquitectos de una nueva sociedad regida por los principios fabianos. A lo largo de los últimos decenios este centro académico ha recibido ingentes aportaciones económicas de la Alta Finanza, y muy especialmente del trust Rockefeller, a través de la Fundación L.Spellman-Rockefeller, y por sus aulas ha pasado el propio David Rockefeller, así como una pléyade de políticos y tecnócratas de la izquierda occidental.

Los Círculos Herméticos

Con la descripción de los organismos vistos en el epígrafe anterior (RIAI, CFR) concluye el análisis de los círculos más discretos e internos de lo que podría calificarse como la parte visible del iceberg. Entre aquéllos y el núcleo central del entramado se sitúan las entidades ya descritas al comienzo de este capítulo (Club Ruskin, Rhodes House, Round Table, Milner Group, Pilgrims Society, Fabian Society), que, a su vez, no serían sino conexiones o emanaciones directas del nivel más profundo y hermético del que se tiene noticia, constituído por los círculos iluministas. 

Baphomet el macho cabrio
Después de su disolución oficial, que en la práctica habría de tener un carácter meramente formal, la logia de los Illuminati se perpetuó a través de dos vías: 
  1. una, mediante la creación de logias clandestinas; 
  2. y la otra, merced a la penetración en la francmasonería regular, a la que los iniciados iluministas se incorporaron formando de esa forma una suerte de núcleo específico dentro de la misma. 
Como se recordará, cuando se analizaron los acontecimientos que dieron paso a la Revolución Francesa, ya se dio cuenta de la pertenencia de varios francmasones jacobinos (Mirabeau, Marat, Robespierre, Danton) a una célula del iluminismo galo denominada Comité Secreto de los Amigos Reunidos. Y fue en los años que precedieron a la Revolución cuando unos de los lugartenientes de Weishaupt, el judío-portugués Martínez de Pascualis, organizó varios grupos iluministas en la Francia pre-revolucionaria. De hecho, tan pronto como se produjo su proscripción oficial, la Orden de los Iluminados inició un proceso de implantación en diversos países occidentales, donde sus iniciados de alto rango penetraron en las logias masónicas y crearon varias sociedades adscritas a la disciplina de Weishaupt. Por lo que a los Estados Unidos se refiere, el primer grupo del que se tiene conocimiento data de 1785, año en que fue constituída la logia Columbia de la Orden de los Iluminados de Nueva York, entre cuyos miembros fundadores figuraron 
  • Clinton Roosevelt, antepasado de Franklin D.Roosevelt, 
  • M. de Witt, gobernador del Estado de Nueva York, 
  • Horace Greeley, director del rotativo Tribune, que más tarde se convertiría en el actual International Herald Tribune, 
  • y Thomas Jefferson, futuro presidente de la nación. 
Actualmente, y desde hace largo tiempo, los dos principales focos iluministas del mundo anglosajón tienen su centro en las Universidades de Oxford (G.Bretaña) y Yale (EEUU). En Inglaterra, el núcleo en torno al cual se han aglutinado las diversas células iluministas radicadas allí es la sociedad The Group, cuyos principales patrocinadores fueron los Astor y los Rothschild, en estrecha colaboración con la oligarquía británica ligada a la Round Table. Uno de los mejores conocedores de los cículos iluministas británicos fue el historiador Carroll Quigley, cuya vinculación a los mismos le permitió el acceso a fuentes documentales vedadas a cualquier otro investigador. Fueron, en efecto, sus indagaciones en los archivos reservados de la Universidad de Oxford lo que le permitió conocer y desvelar algunas de las actividades de los diversos cenáculos iluministas (The Rhodes Crowd, The Times Crowd, Cliveden Set, Chatham House Crowd y Alls Souls Group) que convergen en la sociedad The Group. En los Estados Unidos, el foco principal se localiza en la Universidad de Yale, feudo de la sociedad The Order, fundada en 1832 con el propósito de coordinar las actividades de las quince logias iluministas existentes por entonces en territorio norteamericano. Desde su nacimiento, esta poderosa entidad viene nutriendo sus filas de individuos pertenecientes a la oligarquía pilgrim, a los cuales se irían sumando progresivamente diversos elementos procedentes de la plutocracia estadounidense. 

En su seno convergen, pues, los apellidos más acreditados de los clanes dominantes de aquel país, clanes a menudo emparentados entre sí. Junto a los Whitney, los Adams, los Allen, los Wadsworth, los Lord o los Bundy, cuya genealogía se remonta al Brewster transportado por el Mayflower a las costas del Nuevo Mundo, nos encontramos a los Davison, los Harriman, los Rockefeller, los Khun Loeb, los Lazard, los Schiff o los Warburg, entre otros representantes de la Alta Finanza. A esta hermandad pertenece desde 1947 el ex-presidente norteamericano George Bush, descendiente de una de las más rancias dinastías de Nueva Inglaterra. 

El método operativo de The Order se ajusta fielmente a las directrices marcadas por los protocolos de la Orden de los Illuminati, cuyo contenido es perfectamente conocido desde que cayeran en manos de la policía bávara hace dos siglos. Pero, además de los citados protocolos, existen otras fuentes de información sobre la secta iluminista harto ilustrativas de su metodología y objetivos; objetivos que se resumen en la consecución del Poder y en el control absoluto de la sociedad, todo ello, claro está, bajo la carpa de los consabidos estereotipos humanistas característicos del progresismo francmasón. 

Un capítulo notable de dicho caudal informativo lo constituye la correspondencia mantenida por Giusepe Mazzini y su cofrade iluminista Albert Picke, correspondencia que reposa desde el pasado siglo en los archivos del Museo Británico, y en la que aparecen claramente previstas la revolución bolchevique y las dos grandes guerras del siglo XX, como pasos necesarios para la implantación de un Gobierno Mundial. Básicamente, el modus operandi de la logia The Order consiste en la penetración de sus iniciados en los organismos y centros decisorios de poder, lo que adicionalmente puede ir acompañado de la cooptación de nuevos adeptos reclutados en las altas esferas institucionales; "pocos y bien situados", como rezaba una de las máximas del maestro Weishaupt. De esta forma, una vez ocupado el núcleo de los centros de dominio e influencia, basta con dar el primer impulso hacia el objetivo deseado para que toda la maquinaria se ponga en marcha. Dado ese primer impulso, el engranaje funcionará de forma automática, siguiendo un curso equiparable al efecto dominó. 

Dicho de otro modo, el hecho de constituir el núcleo central de los círculos concéntricos permite que las decisiones adoptadas por las cabezas rectoras de The Order y The Group se propaguen de la misma manera que lo hacen las hondas producidas por la piedra arrojada al agua de un estanque. Sin ninguna discusión, la máxima autoridad en esta materia y el mejor conocedor de los entresijos y métodos operativos de la sociedad The Order, es el profesor de la Universidad de Stanford Antony C.Sutton, que ha escrito sobre el particular cuatro obras de obligada recomendación: "An Introduction to The Order", "How The Order controls Education", "How The Order creates War and Revolution" y "The Secret Cult of The Order". Todo lo expuesto a lo largo de este capítulo no es el resultado de ninguna desviación del concepto de democracia instaurado por las revoluciones burguesas, sino, muy al contrario, su más fiel y exacta materialización. 

Se trata de la rigurosa puesta en práctica del ejercicio del Poder tal y como éste fuera entendido desde los mismos comienzos por los artífices del sistema vigente en la actualidad; un hecho que se ha venido produciendo sin solución de continuidad desde el nacimiento de los regímenes burgueses hasta el más inmediato presente. Refiriéndose a los padres de la República estadounidense, máximo y primer exponente del modelo en vigor, el historiador Joyce Appleby subrayaría con acierto que el propósito de aquéllos no fue sino "que las nuevas instituciones políticas republicanas funcionaran en torno a una élite políticamente activa y un electorado sumiso". Ése fue, en efecto, el criterio de la oligarquía norteamericana, y el que expresarían insistentemente varios de sus más conspicuos miembros, George Washington entre ellos. 

A título de ejemplo, la máxima predilecta de John Jay, primer presidente del Tribunal Supremo, no podría ser más elocuente. 

"las personas que son dueñas del país deben ser también quienes lo gobiernen". 

No menos ilustrativos al respecto serían los términos empleados por el gobernador Morris en una carta que éste dirigiera al citado John Jay en 1783: 

"tú y yo, querido amigo, sabemos por experiencia que cuando unos pocos hombres sensatos y de buen ánimo se reúnen y declaran que ellos son la autoridad, a los pocos que discrepen se les puede convencer fácilmente de su error mediante ese poderoso argumento que es el yugo". 

 Si nos situamos en épocas más recientes, las manifestaciones en ese mismo sentido tampoco han escaseado, e incluso diríase que expresadas de forma aún más contundente. En la década de los treinta, Harold Lasswel exponía en su Enciclopedia of the Social Sciences todo un recital de ciencia democrática, señalando, entre otras cosas, la necesidad de no caer en "ese dogmatismo democrático según el cual los hombres son los mejores jueces de sus propios intereses", para concluir que sólo las "élites" están en condiciones de disponer cuál ha de ser lo mejor para el bien de la comunidad. 

Por ello, añadía Lasswell, las corrientes sociales que discrepen del recto juicio de esas "élites" y pongan en tela de juicio su autoridad deben ser reconducidas al buen camino "mediante una técnica de control completamente nueva basada sobre todo en la propaganda, dada la ignorancia y superstición de las masas". 

Huelga decir que esa técnica entonces nueva es la que constituye hoy la herramienta fundamental del Sistema y de su maquinaria propagandística, los grandes medios de comunicación, cuya labor consiste en procurar que el engranaje funcione sis estridencias, cosa que se consigue haciendo que sean los propios siervos del régimen oligárquico quienes asuman con entusiasmo las falacias pseudodemocráticas de éste. 

Y ése es un logro que sólo está al alcance de los Mass Media, cuya tarea de intoxicación y adulteración sistemática resulta mucho más eficaz que las coacciones drásticas, a las que sólo se recurre cuando la manipulación no es suficeinte para obtener el consenso de las masas, una circunstancia, por lo demás, harto infrecuente. También en los años treinta, un coetáneo de Lasswel, el teólogo protestante y doctrinario marxista Reinhold Niebuhr, significaba sin ambages 
"la estupidez del ciudadano medio" y la necesidad de proporcionar a las masas proletarias "las simplificaciones emocionales" capaces de conducirlas por ese buen camino que sólo una "elite de observadores fríos" podrían establecer. 

Tales conceptos, que a la postre contituyen el denominador común de todos los sistemas de dominio, hicieron perfectamente posible que el marxista Niebuhr se convirtiera tiempo después en el teólogo oficial del Establishment estadounidense. Repárese, por otra parte, en el hecho de que ese "estúpido ciudadano medio" es al que luego denominan eufemísticamente "pueblo soberano" los mismos embaucadores que llevan dos siglos dominándolo. 

Después de la 2ª Guerra Mundial, otro iniciado en las capillas del Sistema, el historiador Thomas Bayley, señalaba la incapacidad de las masas para discernir lo más adecuado y la conveniencia de "llevarlas con cierto engaño hacia una toma de conciencia de sus propios intereses a largo plazo", añadiendo a continuación que "engañar a la gente puede llegar a hacerse cada vez más necesario si se quiere dejar las manos libres a los líderes políticos". 

En la misma línea, el británico sir Lawis Namier escribía que "en los pensamientos de las masas no hay más libre voluntad que en la rotación de los planetas o en las migraciones de los pájaros", y el guru trilateralista Samuel P.Huntington apelaba al uso de las técnicas propagandísticas necesarias para justificar la política exterior nortemericana, de modo que "se llegue a crear la falsa impresión de que es la Unión Soviética aquello contra lo que se está luchando", para apostillar que "eso es lo que los EEUU han venido haciendo desde la doctrina Truman". 

En ese mismo contexto se inscriben igualmente las palabras, ya citadas, del inefable David Rockefeller apelando a "la soberanía de una élite de técnicos y de financieros internacionales". 

En definitiva, nada de lo que ha venido ocurriendo a lo largo de los dos últimos siglos obedece a la casualidad, sino que se ajusta estrictamente a las necesidades y exigencias de uns sistema de Poder diseñado por y para el dominio de una reducida oligarquía, y en el que la población deberá limitarse a refrendar las "filantrópicas" decisiones adoptadas para su bien desde las alturas oligárquicas. Nada tiene de extraño, por ello, que cuando esa situación resulta cuestionada por unos pocos disidentes o por la disconformidad eventual de algún colectivo social, los estrategas del Sistema hablen de "crisis de la democracia", pues, en efecto, tales anomalías no figuraban en el programa ni se ajustan a una correcta interpretación de lo que debe ser "el régimen democrático"(recuérdese el informe elaborado por un equipo de expertos trilateralistas bajo la dirección de Samuel P.Huntington, y que ya fue debidamente comentado al hablar de la Comisión Trilateral). Los términos, por tanto, no pueden estar más claros. Dada la incapacidad de los súbditos para discernir lo adecuado, y puesto que su propio albedrío no podría reportarles más que sufrimientos y desgracias, una "élite" de "filántropos" ha de decidir qué es lo mejor para ellos y tomar las riendas del mando en aras del bien común y de la felicidad universal. Y no será aquí donde se planteen objecciones a la primera parte de ese teorema, cuyas premisas ya se encarga el Sistema de que se cumplan a rajatabla. Dos siglos de putrefacción burguesa, de materialismo "humanista" y de adulteración sistemática han rendido los frutos apetecidos y cubierto los objetivos marcados: hacer de la población una masa envilecida e idiotizada. Lo que, sin embargo, resulta un tanto endeble es la segunda parte del argumento, ya que esa pretendida "élite" constituye justamente la hez de la decrépita sociedad occidental, pergeñada a su imagen y semejanza.