lunes, 29 de octubre de 2007

LA POLICIA SECRETA DE PINOCHET, LA DINA Y EL NARCOTRAFICO

LA POLICIA SECRETA DE PINOCHET, LA DINA Y EL NARCOTRAFICO

Uno por uno todos los personajes mencionados en la supuesta carta de Berríos fueron interrogados (por los policías chilenos); algunos en Madrid, donde cumplían condena por tráfico de drogas. Los testimonios de Manuel Novoa, Hernán Prieto, Enrique Palavicino, Carlos Board, Rodríguez Núñez, "el Aragonés", Hernán Monje, Hernán López y el peruano Máximo "Bocanegra" Guevara, confirmaron la vinculación de Eugenio Berríos con el narcotráfico y aportaron nuevos elementos de la personalidad del bioquímico; pero, quizás inadvertidamente para el redactor de la carta, permitieron también establecerciertos vínculos entre el negocio del narcotráfico y los antiguos agentes de la DINA, hasta que la pista aportada completó un círculo y regresó al comienzo, enriqueciendo las razones por las que el aparato de inteligencia militar chileno se involucró en una operación encubierta de coordinación. Fue en ese momento que la investigación se estancó.


La lista inicial de nombres aportados en la carta de Milán se incrementó rápidamente. Todos los personajes giraban en torno a un puñado de locales nocturnos (en Santiago): Oliver, Les Assassins, Crazy Horse, frecuentados por narcotraficantes, consumidores de cocaína y muchos ex agentes de la DINA.

Los indagados, casi sin excepción, reclamaban inocencia (sobre el narcotráfico). Eran explícitos, en cambio, sobre las confidencias que, drogado o bebido, Eugenio Berríos destilaba sobre su pasado de agente secreto. Así, Viviana Patricia Egaña, una actriz que frecuentaba Les Assassins, que se enamoró perdidamente de Berríos y que vivió con él entre 1983 y 1986, cuenta cómo el bioquímico hacía experimentos en el laboratorio instalado en la cochera de la calle Bellet, con gatos que él asfixiaba con sus propias manos. Berríos solía recibir tarjetas de saludo de Michael Townley y la visita del capitán Armando Fernández Larios. Viviana recuerda haber conversado brevemente con el hijo del general Contreras en una ocasión en que Berríos la llevó al bar Oliver, donde se reunían "puros militares, pero de civil".

Berríos solía montar en cólera, descontrolarse y amenazar de muerte a Viviana: "En una ocasión peleamos, se dirigió a un mueble y sacó un frasco muy pequeño de perfume. Me dijo: 'Sabe, pellito, si usted se me porta mal, yo la mato con esto', pero nunca supe qué me quiso decir". Viviana nunca relacionó el frasco de perfume con el gas Sarín.

Viviana creía que podía manejar el malhumor de Berríos; en cambio, sentía un temor profundo cada vez que un tal "Arroyo" llegaba de visita a la casa. De hecho, Arroyo, "un tipo parco, serio, muy duro", seguía a Berríos a todos lados, era como su sombra. "En otra oportunidad escuché, tanto de Eugenio como de Arroyo, que éste había matado a un tal Carmelo Soria", declaró Viviana a la justicia. Cada vez que Berríos se enojaba con Viviana, reclamándole dinero o cheques, "me amenazaba diciéndome que Arroyo ya había matado personas y que a mí me podía suceder lo mismo".

No fue el temor, sino la indignación, lo que provocó la ruptura de Viviana con el bioquímico: en 1986, durante un fin de semana en una casa de campo de un amigo de Berríos, Viviana salió de compras, "y al regresar los encontré a ambos acostados en la cama, comprobando que Eugenio y el otro eran homosexuales". No obstante, Viviana mantuvo relación con Berríos y más tarde con su esposa Erika, pero decidió esconderse cuando se difundió el secuestro y la desaparición, por temor a las represalias de Arroyo.

Otros indagados dejaron constancia de las indiscreciones de Berríos. Juan Carlos Cheyre ( Hermano del General Cheyre) , dueño de Les Assassins, confirmó que Berríos solía distribuir entre sus amigos anfetaminas que decía fabricar; y contaba su participación en el asesinato del diplomático español Carmelo Soria, entre otras historias de la época del cuartel de Townley en Lo Curro.

El gas Sarín ronda siempre en las declaraciones. David Manuel Morales, ex integrante del movimiento fascista Patria y Libertad, confirmó que en 1979 Berríos había entregado la fórmula del Sarín al Alto Mando, Complejo Químico Lo Aguirre. Morales tenía razones para saberlo, porque él conectó a Berríos con su conocido, el coronel Víctor Barría, para restablecer un contacto con el general Contreras. De esa época data la presencia constante de Arroyo en torno a Berríos.

TRAFICANTES Y AGENTES

Fue Manuel Andrés Novoa quien confirmó a los policías la misión del hombre que provocaba un temor incontrolable en Viviana Egaña. En su celda de la cárcel de Alcalá, Madrid 2, donde permanecía recluido desde octubre de 1991 por tráfico ilícito de cocaína, Novoa identificó a Arroyo como un ex agente de la DINA, encargado de custodiar a Berríos por orden del general Contreras.

Los policías no tardaron en establecer la verdadera identidad de Arroyo: José Remigio Ríos San Martín, un suboficial del ejército que integraba la estructura "informal" de la ex DINA, desde su disolución a fines de los años 70. Lo que se cuidó de mencionar Novoa era que él, antiguo estudiante de derecho, comerciante, empresario, y finalmente traficante de cocaína, al igual que Berríos había sido agente civil de la DINA. La pista inicial surgió al investigar las cuentas bancarias de Berríos. Una caja de seguridad en la sucursal Providencia del Banco de Crédito e Inversiones deparó una momentánea frustración, al ser abierta mediante orden judicial: entre los papeles de Berríos no había ningún testimonio, a modo de salvoconducto, que revelara la historia secreta de la DINA; pero se incautaron los documentos de algunas sociedades anónimas y empresas de las que el bioquímico había sido socio fundador. Una de ellas, Ibercom Chile, resultó ser una pantalla para las actividades de la DINA en Europa. El socio de Berríos en Ibercom era Alberto Comunián Pivari, miembro de Avanguardia Nazionale, citado como testigo por la justicia italiana en relación con el atentado contra Bernardo Leighton. En Fitoquímica Nacional, una empresa de productos agroindustriales que, después se comprobó, fue parte de un complejo para la fabricación y exportación de cocaína, el socio de Berríos era Manuel Andrés Novoa,hermano del Presidente del derechista partido UDI Jovino Novoa. En la mayoría de los casos, el abogado de las firmas era Enrique Palavicino, también ex agente civil de la DINA.

El testimonio de Juan Enrique Momberg Villarroel, de profesión estafador deportado desde España (a Chile) después de cumplir condena, confirma la vinculación de los traficantes de droga con elementos de la policía secreta de la dictadura. Su contribución al conocimiento de la estructura delictiva provocó un alud de detenciones. Novoa y Palavicino operaban como mano derecha de Rodolfo Robinson Carril, el "segundo" en la organización que dirigía un peruano con documentos falsos a nombre de Jorge Acosta y que en realidad se llama Justo Cornejo Hualpa. El negocio de Cornejo Hualpa -involucrado en una operación de 285 kilos de cocaína decomisados a bordo del Eten, barco de la Armada peruana- consistía en comprar cocaína en Perú e introducirla en Chile, desde donde la exportaba a Australia, Alemania o España. Su principal proveedor en Perú era el ex comandante de la Guardia Nacional, Percy Lazo, detenido en España por tráfico ilícito de estupefacientes. Fue de Lazo la idea de transportar cargamentos de 25 ó 30 kilos en los tanques de gasolina de autos, en los baúles y hasta en los faros que cruzaban la frontera con Chile.

Novoa y Palavicino, que colaboraban con Robinson en operaciones de lavado de dinero manipulando cheques, introdujeron en la organización de Cornejo Hualpa a Eugenio Berríos y al periodista Emilio Rojas, un habitual parroquiano de los bares y restaurantes que frecuentaba el bioquímico y donde se codeaba con ex agentes de la policía secreta, a pesar de que él, Rojas, había sido torturado durante la dictadura en la unidad militar de Tejas Verdes (y estuvo luego en el campo de prisioneros de Chacabuco).

Encandilado por Berríos con sus cuentos sobre el gas Sarín, Novoa entusiasmó a sus socios narcotraficantes con una idea en principio descabellada: una fórmula para eliminar el olor que delata los cargamentos de cocaína.

Berríos y Emilio Rojas formaban parte de los invitados que solían emborracharse los fines de semana en la residencia rural de Cornejo Hualpa, una verdadera fortaleza que gozaba de la protección de la policía local. Este narcotraficante -el único de los indagados que no pudo ser detenido- mostró un marcado interés cuando el periodista Rojas anunció su nombramiento como agregado de prensa en la embajada de Chile en Uruguay. Acaso fue una coincidencia, pero ya para entonces el nombre de Eugenio Berríos se multiplicaba en el expediente del juez Adolfo Bañados sobre el caso Letelier, y su citación ante el tribunal se tornaba inminente; era perentorio evacuarlo. Novoa recuerda que muy poco antes de su desaparición, en un encuentro al que asistió el "ángel guardián" Arroyo, Berríos dijo enigmáticamente: "No me dejan tranquilo, voy a tener que irme". Novoa supuso que se refería a sus acreedores, que eran legión, pero Berríos aclaró que esta vez iba a escapar "con chapa", es decir con documento falso proporcionado por los ex jefes de la DINA.

DROGA CON INMUNIDAD DIPLOMATICA

Para entonces Novoa había viajado en tres oportunidades a Montevideo y se había alojado en la casa de Rojas; incluso había visitado la embajada. Las negociaciones de Novoa con el encargado de prensa culminaron en una reunión "cumbre" en Buenos Aires. Rojas y Novoa se trasladaron desde Montevideo; Cornejo Hualpa y Robinson lo hicieron desde Santiago, por tierra. En los baños turcos del hotel Libertad, Cornejo Hualpa propuso a Rojas utilizar su pasaporte especial y la valija diplomática para introducir cocaína en Montevideo, en tránsito hacia Europa y Australia. El narcotraficante estimaba que esa vía podía ser muy lucrativa y segura, porque, además, su organización contaba con otro aliado en la misión diplomática (chilena) en Montevideo, el hijo del cónsul (Federico Marull). Según Novoa, Rojas postergó una decisión; pero Juan Enrique Momberg confesó que un cargamento de nueve kilos de cocaína, parte de uno más grande de 54 kilos, fue acondicionado en el local de la firma exportadora Susset, propiedad de Cornejo Hualpa, en una maleta que retiraría Emilio Rojas.

Para finales de 1991, de acuerdo a los testimonios, Rojas (siendo encargado de Prensa del Gobierno de Chile) manipulaba con cierta frecuencia cargamentos de droga en Montevideo. Cerca de las fiestas de fin de año, de vacaciones en Chile, Rojas fue visto una vez más en las instalaciones de la firma Susset. Pero poco antes de retornar a Montevideo recibió la visita del señor Rodrigo Arteagabeitía, encargado de relaciones públicas de la Policía de Investigaciones. Fue una conversación informal: acaso Rojas estaría dispuesto, propuso Arteagabeitía, a mantener una entrevista con un señor Aránguiz, detective de la total confianza del juez Bañados, porque el magistrado sospechaba que Berríos, el testigo que se le acababa de escapar de las manos, podía estar en Uruguay. Rojas accedió y se entrevistó con el detective al día siguiente en las oficinas de una emisora de radio. La reunión fue turbulenta: el detective insinuaba que Berríos podía tomar contacto con el agregado de prensa y que acaso ya lo había hecho. Rojas se ofendió: si él tuviera noticias del paradero de Berríos lo habría comunicado inmediatamente; por otro lado, dijo, no mantenía ninguna relación con Berríos, salvo algún saludo protocolar cuando coincidían en lugares públicos.

Por una vez, Rojas decía la verdad. Fue a su regreso a Montevideo, en enero de 1992, que recibió en su domicilio una llamada telefónica de Eugenio Berríos. Era una llamada local. Berríos se había comunicado con la embajada y allí le habían proporcionado el número telefónico particular del agregado de prensa. Rojas se puso nervioso. Comentó el incidente con el agregado militar, el general Emilio Timmerman. "Berríos nos está saliendo muy caro", admitió el militar, aunque no se entiende por qué confesaba el conocimiento oficial del operativo ante un diplomático a quien la dictadura juzgó oportuno torturar.(Más adelante Blixen relata la investigación en Montevideo de los detectives chilenos Rafael Castillo Bustamante y Nelson Jofré Cabello, en octubre de 1993. Lograron identificar al oficial chileno Carlos Herrera Jiménez como la persona que alquiló un departamento de la capital uruguaya, donde vivió Berríos. El aval para el alquiler lo prestó el coronel Thomas Cassella de la inteligencia uruguaya. Herrera -actualmente preso en Punta Peuco por la tortura y muerte de un transportista en La Serena-, estaba encargado de vigilar a Berríos en Montevideo, hasta donde lo acompañó, y probablemente tuvo participación en su muerte).

La última actuación policial relevante en el expediente del Juzgado del Crimen de Santiago es el interrogatorio al que fue sometido el 16 de septiembre de 1996 el oficial en retiro Carlos Herrera Jiménez, tras su extradición desde Argentina. Dijo haber viajado en octubre de 1991 a Montevideo por cuestiones de negocios, y haber conectado allí a Thomas Cassella, viejo amigo al que conoció en Chile cuando el militar uruguayo viajaba frecuentemente, en épocas de las dictaduras, para realizar "cursos de paracaidismo". Negó rotundamente haber introducido clandestinamente al bioquímico en Uruguay y sólo admitió haberlo conocido ocasionalmente, una noche, en la tanguería La Cumparsita. Herrera estaba con otros chilenos, a los que no identificó, y Berríos se acercó a su mesa. La charla continuó en su apartamento de Pocitos, donde Berríos permaneció "un par de días, porque estaba en mala situación económica y no tenía dónde dormir". Las flagrantes contradicciones entre su versión y el resultado de las investigaciones policiales quedaron en el tintero. Cuando finalmente, y después de recorrer un largo trecho salpicado de cocaína, la investigación prometía avanzar en línea recta, el caso fue enterrado. El expediente fue finalmente archivado en Chile por decisión de las instancias superiores de la justicia. A modo de compensación, y quizás como documento histórico, fue incorporado al expediente judicial el sumario administrativo del Ministerio de RR.EE. chileno para determinar la conducta de los diplomáticos y funcionarios de la embajada en Uruguay. Casi cien fojas que revelan detalles desconocidos y aportan una convicción: casi todos los funcionarios de la representación diplomática tenían elementos de juicio para presumir la presencia de Eugenio Berríos en Uruguay, mucho antes del episodio de la comisaría de Parque del Plata; algunos tuvieron noticias incluso al mes del arribo del ex agente de la DINA. La conclusión es inevitable: Berríos podría estar vivo, todavía, si cada uno de los funcionarios, por distintas razones, no hubiera optado por el silencio. De la lista se exceptúa el general Emilio Timmerman, cuya función era, precisamente, coordinar el ocultamiento de
Berríos y que, por razones que no se explican en el sumario administrativo, no fue interrogado como el resto de los funcionarios, desde los administrativos hasta los embajadores. Timmerman está considerado como un hombre de confianza de Augusto Pinochet